Rostros Convivimos: Rosario

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Rostros Convivimos: Rosario

Rosario vive en la colonia Colom Argueta, en la zona 3 de la Ciudad de Guatemala. Frente al relleno sanitario, el vertedero más grande del país: recibe más de 1 mil toneladas de basura al día y su extensión es de más de 20 estadios de fútbol.

Rosario tiene 19 años. Sonríe con timidez. Es alfabetizadora del proyecto Convivimos de USAID y Mercy Corps.  Pero su vida, como la de muchos guatemaltecos, no ha sido fácil.

La timidez no sólo se nota en su sonrisa. También cuando habla despacio. Y dice que es hasta hoy que se siente cómoda para hablar con otros, de expresarse, de hacerse escuchar. “Es que antes tenía problemas. No me gustaba salir. Convivir con la gente”.

Por eso, en un principio cuando su mamá, líder de la comunidad, la invitó a participar en una de las actividades de Convivimos, decidió no asistir.

“Tenía problemas”, repite, “eran conmigo”, continúa.  Como muchos jóvenes, Rosario se encontró con las drogas. A los 13 años.

“Mi papá nos dejó. Mi mamá pasaba todo el día trabajando para poder mantenernos. Entonces con mis hermanos nos manteníamos en la calle. Empezamos con malas amistades: primero fumábamos cigarrillos, después tomábamos y empezamos a drogarnos”.

Su hermana pasó la misma situación. Ambas fueron llevadas, entonces, a un internado.  Al Hogar Seguro Virgen de la Asunción, donde el 8 de marzo de 2017 fueron quemadas, dentro de uno de sus módulos, varias de las chicas que allí vivían. Murieron 41 niñas.

Ese espacio se volvió en su casa durante ocho meses. Castigos físicos, los malos tratos de monitores y otras compañeras. Su cotidianidad. Salió. Llegó la invitación para participar en Convivimos.

La negativa. Luego dijo que sí, para ver qué podía esperar. “Me gustó porque teníamos un diálogo, no importaba quién fueras. Uno tenía la libertad para expresarse”.  Uno de los ejes de trabajo de Convivimos son los jóvenes. Trabajar su autoestima, que se sientan empoderados, capaces de salir adelante y cumplir sus sueños.

“Creo que Convivimos me fui ayudando. A conocer más gente. A hablar.  A sentirme en libertad. Desarrollé otra parte de mí”.

Rosario empezó a asistir con más frecuencia a las actividades, charlas, talleres de autoestima.

“A veces sentía ganas de volver a caerme”. Pero no ha tropezado.

La educación es punto fundamental para prevenir la violencia, para construir comunidades seguras y armónicas. De esa cuenta, el proyecto posee un programa de alfabetización, que permite a personas adultas aprender a leer y escribir; los facilitadores son miembros de la misma comunidad.

“Al principio pensé que me podía costar porque no me gustaba hablar mucho con la gente”. Su timidez ahora deberá romperse. Rosario participa en este programa. No como estudiante, como profesora.

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