Mujeres protegiendo mujeres

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Mujeres protegiendo mujeres

Le llaman Pam, pero su nombre real es un misterio. Vive en la Verbena. Es una mujer joven y seria, que no suele levantar la mirada ni siquiera cuando habla. A su lado está un hombre, el rosario que cuelga de su cuello y un tatuaje en la mano denotan que pertenece a una pandilla del sector.

La Verbena, ubicada en la zona 7 de la Ciudad de Guatemala, es una de las áreas denominadas “clúster” en las que interviene el proyecto Convivimos de USAID y Mercy Corps para prevenir la violencia, debido a su alto índice de criminalidad.

Pam está bajo su mirada todo el tiempo. Él no habla ni sonríe, sólo parece estar pendiente de lo que ella dice. “Si hace uno o dos meses vinieron unas chavas a hablarnos de la violencia contra la mujer”, dice.

Pam responde una encuesta del Centro para la Justicia, Seguridad y Gobernalidad para las Mujeres y la Niñez -Cejusgo- que, por medio de Convivimos, ha capacitado a 200 estudiantes universitarias de la facultad de Trabajo Social y Psicología de las Universidades San Carlos de Guatemala y Mariano Gálvez para trabajar con al menos 3 mil mujeres en los seis municipios donde interviene el proyecto bajo el lema “mujeres protegiendo mujeres”. El objetivo: prevenir la violencia contra la mujeres al transmitir y multiplicar mensajes sobre medidas de prevención en sus diferentes manifestaciones.

En un tono muy lento, esa mujer de mirada perdida sabe perfectamente bien qué le dijeron y recita literalmente los tipos de violencia de género, incluso se sabe de memoria el número de cuatro dígitos para hacer una denuncia.

La razón por la que Pam se aprendió todo de memoria es sencilla.

“Aquí”, dice y levanta el dedo índice, “nunca nos habían venido a hablar de esto (…) jamás se habían acercado a contarnos qué hacer si nos pegan los hombres o nos violan, o si le pegan a nuestras hijas o hijos”.

Pam es muy parca cuando se le pregunta qué haría ella para proteger a otra mujer que fuera víctima de violencia. “Denunciar”, dice, “aunque sea anónimamente pero hoy sé que debo denunciar”.

Pam forma parte de ese grupo de 3 mil mujeres que recibieron tarjetas salvavidas (con información para denunciar), trifoliares que explican la violencia de género y demás recursos otorgados por las estudiantes que capacitó Cejusgo.

Antes de retirarnos, el hombre sigue allí, serio. Ahora su rostro denota molestia, pero Pam no, al menos ella sonrió cuando le dijimos que era una mujer muy bonita y que su sonrisa la hacía verse aún más linda.

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